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     Sabino de Arana y Goiri nació en la anteiglesia de Abando, hoy Bilbao, el 26 de enero de 1865. Eran tiempos muy difíciles para el País Vasco, y, siendo niño conoció, la guerra y el exilio. El final de la última Guerra Carlista, con la derrota del bando apoyado mayoritariamente por los vascos, trajo consigo la anulación de sus instituciones forales tradicionales, impuesta por el Gobierno español con el argumento de su victoria militar y la intención de unificar a todos los habitantes del Reino bajo el modelo de la españolidad. La identidad vasca, su cultura y su idioma, en esta nueva coyuntura, eran un objetivo a eliminar por las autoridades. El peligro para la supervivencia de los vascos como tales se acrecentó además, junto a los cambios políticos, por los económicos, al experimentarse, sobre todo en Bizkaia, un proceso de industrialización, que supuso, entre otras grandes modificaciones, la llegada de numerosísimos inmigrantes de fuera del País Vasco. “Pueblo mío, ¿he nacido yo para verte morir?” reflexionó Sabino de Arana.

     En un panorama general de incertidumbre y desconcierto, en un callejón sin aparente salida para el Pueblo Vasco, en un ambiente de derrota y pesimismo, Sabino de Arana se reveló como un hombre reflexivo y decidido, con ideas, capacidad de organización y liderazgo, carisma, sentido del deber y disposición al sacrificio en aras del bien común. Llegó a descubrir la realidad de los vascos como una nación y a asumir su conciencia nacional vasca y, desde muy joven, se dedicó en cuerpo y alma a la difusión de este sentimiento entre sus compatriotas, con la intención de evitar entre todos la desaparición definitiva de los vascos. “No una sino cien veces, daría mi cuello a la cuchilla sin pretender ni la memoria de mi nombre, si supiese que con mi muerte había de revivir mi Patria.”, anunció, al comenzar su actividad política públicamente el 3 de junio de 1893.

     Publicando periódicos, en los que difundió su ideario y los símbolos que creó para identificar y defender el País Vasco, y creando y organizando el Partido Nacionalista Vasco, frente a todas las adversidades y represión gubernamental española, dio su vida y hacienda por una causa tan noble como la de defender la supervivencia de la nación en la que había nacido. Toda su actividad solo pudo durar diez años ya que murió prematuramente a la edad de 38 años, el 25 de noviembre de 1903, trascurriendo el final de su efímera vida entre la cárcel y la enfermedad. Pero su labor sería fructífera y a su muerte pudo dejar un grupo organizado de nacionalistas vascos que continuaron su lucha en defensa del Pueblo Vasco, que tendrían éxito en su actividad política, seguramente más que por sus capacidades por su disposición personal al sacrificio, aprendida, como tantas cosas, del ejemplo de aquél Sabino de Arana al que acabaron llamando “Maestro”.


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